Para 2035, se espera que cerca de la mitad de la población mundial —alrededor de 4 mil millones de personas— viva con sobrepeso u obesidad. Esta proyección no constituye solo una estimación estadística: representa uno de los mayores desafíos sanitarios, sociales y económicos del siglo XXI, con implicancias profundas para los sistemas de salud, las economías y la calidad de vida de las poblaciones.
En las últimas décadas, el aumento sostenido del sobrepeso y la obesidad ha acompañado cambios acelerados en los patrones de alimentación, urbanización, estilos de vida y organización social. La disponibilidad creciente de alimentos ultraprocesados, los entornos que favorecen el sedentarismo, las jornadas laborales extensas y la disminución de espacios que promuevan el movimiento y el bienestar han configurado un escenario global que facilita el desarrollo de la enfermedad.
Este fenómeno ya no puede considerarse exclusivo de los adultos. La obesidad infantil está aumentando rápidamente en todo el mundo, y las tasas entre los niños en edad escolar se han quintuplicado desde 1975, particularmente en los países de ingresos bajos y medios, donde conviven la malnutrición histórica con la rápida expansión de dietas de baja calidad nutricional. Esta doble carga representa un desafío sanitario complejo y creciente.
La evidencia demuestra que la obesidad en la infancia frecuentemente persiste en la edad adulta, estableciendo desde etapas tempranas un mayor riesgo de enfermedades no transmisibles graves, como la diabetes tipo 2, las enfermedades cardiovasculares y determinados tipos de cáncer. Más allá de sus consecuencias clínicas, impacta en el desarrollo físico, emocional y social, condicionando oportunidades futuras y ampliando desigualdades existentes.
La obesidad no se produce de forma aislada. Habitualmente se asocia a un conjunto de comorbilidades metabólicas, inflamatorias y psicológicas que interactúan entre sí y aumentan la carga global de enfermedad. Comprenderla únicamente desde la perspectiva del peso corporal resulta insuficiente; se trata de una condición compleja influida por determinantes biológicos, conductuales, sociales, económicos y ambientales.
Factores como la pobreza, el estigma social, el acceso desigual a la educación y a la atención médica, la disponibilidad limitada de alimentos saludables y los entornos que no favorecen estilos de vida activos moldean los riesgos y resultados en salud a lo largo de toda la vida. En muchos contextos, las decisiones individuales están profundamente condicionadas por estructuras sociales que limitan las opciones saludables disponibles.
Actualmente, más de mil millones de personas —incluidos aproximadamente 159 millones de niños y adolescentes— viven con sobrepeso u obesidad. De mantenerse las tendencias actuales, esta cifra podría alcanzar los 4 mil millones para 2035, lo que refleja no solo un problema sanitario, sino también un desafío colectivo que requiere respuestas coordinadas entre gobiernos, sistemas de salud, comunidades, educadores, industrias alimentarias y sociedad civil.
Sin embargo, la trayectoria actual no es irreversible. La evidencia muestra que las intervenciones tempranas, las políticas públicas basadas en evidencia, la educación nutricional, la transformación de los entornos alimentarios y la reducción del estigma pueden generar cambios significativos y sostenibles. Abordar la obesidad implica pasar de un enfoque centrado exclusivamente en la responsabilidad individual hacia una mirada integral que contemple los determinantes sociales de la salud y promueva entornos que faciliten decisiones saludables.
Estos resultados no son inevitables.
Al comprender la obesidad en lugar de estigmatizarla, priorizar la prevención desde los primeros años, centrar la experiencia vivida y garantizar un acceso equitativo a la atención, podemos cambiar la trayectoria.
El Día Mundial de la Obesidad 2026 es un llamado a la acción para todos los 8 mil millones de nosotros. Juntos podemos cambiar la historia de la obesidad.
