Las dietas saludables, como los Enfoques Dietéticos para Detener la Hipertensión (DASH) o la dieta mediterránea —caracterizadas por un alto consumo de vegetales, frutas, cereales integrales, frutos secos, legumbres y lácteos bajos en grasa— han demostrado mejorar la salud cardiometabólica y reducir el riesgo de enfermedad cardiovascular (CVD). Por el contrario, los patrones alimentarios de menor calidad, con alta ingesta de carnes rojas y procesadas, granos refinados, azúcares añadidos, sodio y grasas saturadas, se asocian con resultados adversos y un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular aterosclerótica (ASCVD).
A pesar de esta evidencia, la mayoría de la población estadounidense no sigue una dieta saludable y más del 50% de la ingesta calórica total proviene de alimentos ultraprocesados (UPF).
Los UPF se definen como formulaciones industriales elaboradas mediante múltiples procesos y diseñadas para ser listas para el consumo y altamente palatables. Suelen contener saborizantes, colorantes, emulsionantes y otros aditivos cosméticos, con escasa presencia de alimentos enteros. Según la clasificación NOVA, incluyen bebidas azucaradas, snacks envasados, golosinas, helados, productos de panadería industrial, margarinas, cereales de desayuno y productos cárnicos reconstituidos, entre otros.
Desde el punto de vista fisiopatológico, los UPF pueden impactar negativamente en la salud cardiometabólica a través de múltiples mecanismos: aumento de la ingesta energética, alteraciones del microbioma intestinal, disrupción de las señales de saciedad intestino-cerebro y efectos hormonales adversos. Estas alteraciones favorecen el desarrollo de resistencia a la insulina, dislipidemia, obesidad, hipertensión, disfunción endotelial y estrés oxidativo. Asimismo, su consumo elevado desplaza alimentos de alta calidad nutricional, deteriorando aún más el patrón dietético global.
Si bien diversos estudios han vinculado el alto consumo de UPF con un mayor riesgo de ASCVD, la mayoría se ha realizado en poblaciones relativamente homogéneas. En este contexto, el Comité Asesor de las Guías Dietéticas de 2025 recomendó validar estos hallazgos en cohortes estadounidenses diversas, considerando diferencias por raza, etnia, sexo y nivel socioeconómico. Dado que existen disparidades bien documentadas en el riesgo cardiovascular, es plausible que la asociación entre UPF y CVD no sea uniforme entre los distintos grupos poblacionales.
Bajo esta premisa, el estudio MESA (Multi-Ethnic Study of Atherosclerosis) se diseñó como una cohorte prospectiva que incluyó a 6.814 adultos estadounidenses de entre 45 y 84 años, sin enfermedad cardiovascular clínica al inicio. El objetivo fue evaluar la asociación longitudinal entre la ingesta basal de UPF y el riesgo de ASCVD, así como explorar posibles diferencias según raza, etnia, sexo y nivel socioeconómico. Estos resultados fueron presentados durante el Congreso ACC 2026 y publicados en JACC.
Se utilizaron modelos de riesgos proporcionales de Cox multivariables para analizar la relación entre el consumo de UPF y la incidencia de eventos cardiovasculares, incluyendo infarto de miocardio no fatal, paro cardíaco reanimado, muerte coronaria, accidente cerebrovascular (excluyendo AIT) y muerte por causa cerebrovascular.
Los resultados mostraron que cada porción diaria adicional de UPF se asoció con un incremento del 5,1% en el riesgo de eventos de ASCVD (HR: 1,051; IC 95%: 1,011–1,093). Al comparar extremos de consumo, los participantes en el quintil más alto presentaron un riesgo 66,8% mayor que aquellos en el quintil más bajo (HR: 1,668; IC 95%: 1,196–2,325).
Además, se identificó una interacción significativa con la raza (p = 0,010). En los análisis estratificados, el riesgo asociado al consumo de UPF fue más pronunciado en individuos de raza negra (HR: 1,061; IC 95%: 1,016–1,108) en comparación con los no negros (HR: 1,032; IC 95%: 1,001–1,065).
¿Qué nos deja este estudio?
En esta cohorte multiétnica, un mayor consumo de alimentos ultraprocesados se asoció de manera significativa con un incremento del riesgo de eventos de ASCVD, con un impacto particularmente mayor en la población de raza negra. Estos hallazgos refuerzan el papel de la calidad dietética como determinante clave del riesgo cardiovascular y subrayan la necesidad de estrategias de salud pública adaptadas a poblaciones diversas.
