El calor extremo constituye una amenaza creciente para la salud pública. Durante el verano europeo de 2022 se registraron más de 60.000 muertes relacionadas con el calor en solo cuatro meses, pese a la existencia de sistemas de alerta. Este dato expone las limitaciones de las estrategias actuales y la necesidad urgente de medidas más eficaces, especialmente en personas mayores y con enfermedades cardiovasculares (ECV), en quienes el riesgo de mortalidad cardiovascular puede aumentar hasta un 700 % durante episodios de calor extremo. Se estima que para 2036 las muertes cardiovasculares atribuibles al calor podrían incrementarse un 233%. A nivel global, 2024 fue el año más caluroso registrado y se prevé que 2025 lo supere.
Los avances en el tratamiento de las ECV han mejorado la supervivencia y reducido las hospitalizaciones, pero, junto con el envejecimiento poblacional, han generado una creciente población vulnerable que requiere manejo continuo del riesgo cardiovascular. Aunque existe evidencia consistente de asociación entre calor extremo y aumento de la morbilidad y mortalidad cardiovascular, los mecanismos fisiológicos subyacentes en personas con ECV siguen siendo poco explorados.
Esta declaración científica revisa la epidemiología del calor y las ECV, la respuesta fisiológica al calor, sus efectos cardiovasculares y el papel de las desigualdades sociales, y propone una agenda de investigación orientada a mitigar el impacto del cambio climático sobre la salud cardiovascular.
Epidemiología
El calor extremo se define como temperaturas por encima del percentil 95 del promedio estacional, y las olas de calor como períodos de ≥2–3 días de temperaturas elevadas. Superar los umbrales térmicos óptimos se asocia con un aumento significativo de la mortalidad cardiovascular. Las olas de calor de Europa en 2003 y 2022 causaron aproximadamente 70.000 y 60.000 muertes, respectivamente. En Chicago (1995), el 83% de las muertes fueron de causa cardiovascular, con un riesgo siete veces mayor en personas con cardiopatía previa.
Un metanálisis de 266 estudios mostró que cada incremento de 1 °C por encima del umbral térmico se asocia con un aumento del 2,1% en la mortalidad cardiovascular total, con mayor impacto en ACV (3,8%) y síndrome coronario agudo (3,5%). También se observaron incrementos en arritmias, paro cardíaco, paro extrahospitalario y SCA. Los grupos más vulnerables incluyen mujeres, mayores de 65 años y poblaciones de bajos ingresos. Existen variaciones regionales marcadas: en Australia, cada 1 °C por encima de 24 °C aumenta un 3,5% la mortalidad cardiovascular, mientras que en Kuwait temperaturas >34 °C triplican el riesgo.
La evidencia no es completamente consistente: algunos estudios muestran un aumento de la mortalidad por insuficiencia cardíaca, mientras que otros no confirman esta asociación. La relación entre calor y hospitalizaciones cardiovasculares es más débil, posiblemente por un mayor número de muertes extrahospitalarias.
La mala calidad del aire, frecuentemente agravada por incendios forestales durante olas de calor, incrementa adicionalmente el riesgo cardiovascular. La exposición a PM2.5 se asocia con mayor incidencia de infarto, ACV, insuficiencia cardíaca y mortalidad cardiovascular, incluso a niveles inferiores a los límites regulatorios.
Respuesta fisiológica al calor
La hipertermia resulta del desequilibrio entre la producción metabólica de calor y su disipación. Frente al calor ambiental se activan mecanismos compensatorios —vasodilatación cutánea y sudoración— que aumentan la carga cardiovascular al reducir la resistencia periférica y exigir un mayor gasto cardíaco, fundamentalmente a expensas de la frecuencia cardíaca.
La hipohidratación reduce el volumen plasmático y agrava este estrés hemodinámico. Una pérdida >2% del peso corporal eleva la temperatura central al limitar la sudoración y la redistribución del calor. En adultos mayores y en personas con ECV estas respuestas están deterioradas, aumentando la vulnerabilidad, aunque la evidencia fisiológica específica en esta población sigue siendo limitada.
Efectos cardiovasculares del calor
El calor extremo aumenta la mortalidad cardiovascular, especialmente en personas con baja capacidad de adaptación fisiológica o conductual. El golpe de calor clásico (temperatura central >40,5 °C) se asocia con isquemia, inflamación, disfunción endotelial y coagulopatía, y tiene peor pronóstico en pacientes con ECV. No obstante, explica solo una minoría de las muertes: incluso aumentos moderados de la temperatura central incrementan significativamente la carga cardíaca y el trabajo del ventrículo izquierdo.
- Hemostasia, inflamación y endotelio
El calor aumenta la agregabilidad plaquetaria hasta ~43 °C; por encima de ese umbral se altera la función plaquetaria. Este estado proagregante no se revierte con enfriamiento, pero puede prevenirse con aspirina. Las proteínas de choque térmico (HSP) modulan la respuesta celular, aunque su sobreexpresión crónica podría favorecer la aterosclerosis.
Hasta el 50% de los pacientes con golpe de calor desarrollan coagulación intravascular diseminada, asociada a alta mortalidad cardiovascular. Se observa un estado de tromboinflamación mediado por daño endotelial, activación plaquetaria y aumento de IL-6, factor tisular y complejos trombina-antitrombina.
2, Isquemia miocárdica y deshidratación
La hipovolemia y la vasodilatación periférica inducidas por el calor reducen la presión arterial y exigen un aumento compensatorio del gasto cardíaco, que puede ser insuficiente en pacientes con ECV, favoreciendo isquemia, arritmias e infarto, incluso con aumentos mínimos de temperatura corporal.
La deshidratación y la pérdida de electrolitos (Na⁺, K⁺, Mg²⁺) aumentan el riesgo de arritmias y descompensación, especialmente en pacientes con insuficiencia cardíaca tratados con diuréticos.
3. Vulnerabilidad y desigualdades
Factores socioeconómicos, laborales y ambientales amplifican el impacto del calor extremo. El acceso limitado a refrigeración, agua, atención médica y condiciones laborales seguras incrementa el riesgo cardiovascular. Las estrategias de adaptación siguen siendo insuficientes, especialmente en países de ingresos bajos y medios.
Agenda de investigación
Aunque los efectos del cambio climático sobre la salud son prevenibles, faltan planes de prevención a largo plazo y estrategias de adaptación específicas para personas con enfermedad cardiovascular (ECV). La investigación disponible hasta ahora es escasa y no respalda adecuadamente recomendaciones basadas en evidencia para proteger a esta población frente al calor extremo.
Las recomendaciones actuales son generales, carecen de evidencia empírica y no tienen en cuenta factores clínicos como edad, comorbilidades o tratamientos. Por eso, es crucial generar conocimiento sobre los mecanismos fisiológicos que aumentan la vulnerabilidad al calor en personas con ECV, más allá del golpe de calor. Además, se destaca la falta de enfoques interdisciplinarios, necesarios para cerrar brechas en la atención cardiovascular frente al cambio climático. Se propone fomentar colaboraciones entre fisiólogos, clínicos, científicos del clima, expertos en salud pública y personas usuarias del sistema de salud.
También se requiere investigación sobre programas de protección eficaces para esta población. A pesar del avance en tecnologías digitales aplicadas al manejo cardiovascular, su uso en el contexto del cambio climático es limitado, aunque podría ser clave para optimizar el cuidado y seguimiento en distintos entornos clínicos.
Existe una preocupante falta de evidencia sobre el impacto de los medicamentos cardiovasculares durante el calor. Los estudios disponibles se han centrado en adultos jóvenes sanos, con dosis agudas, lo que impide extrapolar resultados a pacientes con ECV. Comprender mejor esta interacción podría mejorar las recomendaciones personalizadas, especialmente en quienes siguen tratamientos de automanejo estricto, como las personas con insuficiencia cardíaca.
Por último, las inequidades en salud exacerbadas por el clima pueden mitigarse mediante estrategias sostenibles y accesibles, como medidas de enfriamiento y diseño urbano adaptado. Es fundamental que las políticas públicas promuevan la equidad en el acceso a recursos, atención médica y estrategias de adaptación que protejan a las comunidades vulnerables durante los eventos de calor extremo.
Conclusión
Los extremos térmicos afectan de forma desproporcionada a personas con ECV. Esta declaración científica busca informar a profesionales de la salud, investigadores y responsables de políticas públicas sobre la evidencia actual en torno al impacto del calor sobre la salud cardiovascular.
Dado el crecimiento proyectado de estos eventos, especialmente en regiones vulnerables, priorizar la investigación en estrategias de mitigación es clave para una respuesta eficaz, equitativa y sostenible.
