El síndrome cardiovascular–renal–metabólico (CKM) integra la coexistencia de obesidad, diabetes, enfermedad renal crónica (ERC) y enfermedad cardiovascular (ECV), y representa una creciente crisis de salud pública. Datos epidemiológicos recientes indican que aproximadamente el 90% de los adultos en Estados Unidos cumple criterios para al menos estadio 1 de CKM, mientras que un 14,6% progresa a estadios 3–4, fases asociadas con un incremento marcado del riesgo de mortalidad. El estadio 2, presente en el 56,5% de la población, constituye una fase preclínica crítica, caracterizada por alteraciones metabólicas y renales incipientes.
La progresión del CKM está mediada por mecanismos fisiopatológicos interrelacionados, entre ellos la inflamación crónica, la disfunción endotelial y la resistencia a la insulina, todos potencialmente modulables mediante intervenciones nutricionales.
Los ácidos grasos poliinsaturados omega-3 (n-3 PUFA) —eicosapentaenoico (EPA), docosahexaenoico (DHA) y alfa-linolénico (ALA)— poseen efectos cardiometabólicos relevantes, incluyendo reducción de triglicéridos, propiedades antiinflamatorias y estabilización de la placa aterosclerótica. Ensayos clínicos emblemáticos como REDUCE-IT demostraron una reducción relativa del 25% en eventos cardiovasculares con EPA en dosis altas (icosapento etilo 4 g/día) en prevención secundaria. Además, estudios mecanísticos sugieren efectos favorables sobre la fibrosis renal (vía supresión de TGF-β) y la sensibilidad a la insulina (mediante activación de GPR120).
Sin embargo, otros ensayos contemporáneos —OMEGA, STRENGTH y OMEMI— no lograron replicar estos beneficios en cohortes modernas bajo tratamiento médico óptimo. Aunque metaanálisis recientes sugieren una reducción del 35% del riesgo de infarto fatal, persisten inconsistencias relacionadas con dosis, heterogeneidad poblacional y desenlaces clínicos a lo largo del espectro CKM.
Existen tres brechas clave en la evidencia:
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El énfasis predominante en n-3 PUFA farmacológicos en prevención secundaria ha limitado la investigación sobre ingesta dietaria en poblaciones con multimorbilidad CKM, donde las intervenciones nutricionales podrían tener mayor impacto.
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La escasez de análisis estratificados por gravedad del CKM, ignorando la posible modulación del efecto según el estadio de la enfermedad.
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Limitaciones metodológicas en estudios observacionales previos, incluyendo ajustes nutricionales incompletos, fenotipificación inconsistente del CKM y escaso análisis de subtipos individuales de n-3 PUFA.
En particular, falta evidencia prospectiva que vincule la ingesta de n-3 PUFA ajustada por peso corporal con la severidad del CKM, la mortalidad y mecanismos explicativos como la resistencia a la insulina y el envejecimiento biológico acelerado. En este contexto, los datos de NHANES ofrecen una oportunidad única para evaluar de manera integral estas asociaciones.
Li-Ling Zhang y cols. realizaron un análisis transversal y longitudinal que incluyó 27 934 adultos estadounidensescon síndrome CKM del National Health and Nutrition Examination Survey (NHANES) 1999–2018, con una edad media ponderada de 50,62 ± 0,22 años.
La ingesta dietaria de n-3 PUFA se estimó en mg/kg por día, a partir de dos recordatorios dietarios de 24 horas.
La mortalidad se determinó mediante el enlace con el National Death Index hasta el año 2019.
Ingesta de omega-3 y gravedad del CKM
Cada incremento de 10 mg/kg por día en la ingesta de n-3 PUFA se asoció con un 13% menos de probabilidades de presentar un estadio CKM avanzado (OR 0,87; IC 95%: 0,83–0,91).
Los análisis por cuartiles demostraron una relación dosis–respuesta inversa significativa. En comparación con el cuartil más bajo (Q1), los participantes en el cuartil de mayor ingesta (Q4) presentaron una reducción del 48% en la probabilidad de estadio CKM avanzado (OR 0,52; IC 95%: 0,46–0,60; P < 0,001). Este gradiente protector fue consistente en todos los cuartiles intermedios (Q2: OR 0,82; Q3: OR 0,65) y se mantuvo robusto tras ajustes multivariables progresivos.
Ingesta de omega-3 y mortalidad
Durante un seguimiento mediano de 9 años, se registraron 5150 muertes. La relación entre ingesta de n-3 PUFA y mortalidad por todas las causas fue no lineal, con una curva en forma de L y un umbral identificado en 22,35 mg/kg por día.
Por debajo de este umbral, cada incremento de 1 mg/kg por día se asoció con un 1% menos de riesgo de mortalidad(HR 0,99; IC 95%: 0,98–1,00). Comparados con el cuartil más bajo, los individuos en el cuartil más alto presentaron una reducción del 25% en la mortalidad (HR 0,75; IC 95%: 0,61–0,92).
El ácido docosapentaenoico (DPA) emergió como la principal especie de n-3 PUFA asociada con la reducción del riesgo de mortalidad, tanto total como cardiovascular y no cardiovascular. Los análisis de mezcla indicaron que la variación en la utilización de glucosa y el envejecimiento biológico explicaron conjuntamente el 6,7% de la asociación observada con la mortalidad.
¿Qué nos deja este estudio?
Una mayor ingesta de ácidos grasos omega-3 se asocia con una menor gravedad del síndrome cardiovascular–renal–metabólico y con una menor mortalidad, siguiendo un patrón no lineal en forma de L y dependiente de un umbral, con un papel destacado del ácido docosapentaenoico. Estos hallazgos respaldan el potencial de intervenciones dietarias específicas como estrategia complementaria para reducir el riesgo cardiometabólico en poblaciones con CKM establecido.
