La actividad física (AF) es uno de los determinantes modificables más relevantes en la prevención de enfermedades crónicas y la reducción de la mortalidad por todas las causas. Sin embargo, sus beneficios no son homogéneos y dependen en gran medida del tipo, el contexto y, especialmente, de la intensidad con la que se realiza. Las guías actuales, incluyendo las de la Organización Mundial de la Salud, recomiendan entre 150 y 300 minutos semanales de actividad moderada o entre 75 y 150 minutos de actividad vigorosa, o una combinación de ambas, bajo la premisa de que la actividad vigorosa (VPA) ofrece mayores beneficios por unidad de tiempo.
En los últimos años, la evidencia ha mostrado que la VPA se asocia con mayores mejoras en la capacidad cardiorrespiratoria y en múltiples factores de riesgo cardiometabólico en comparación con actividades de menor intensidad, incluso a igual volumen total. Asimismo, pequeñas cantidades de VPA, del orden de 15–20 minutos por semana, se han vinculado con reducciones significativas de la mortalidad. En este contexto, la proporción de actividad vigorosa respecto al total (%VPA) ha emergido como un marcador relevante, con potencial impacto incluso cuando la actividad ocurre en episodios breves y no estructurados. Este enfoque resulta especialmente atractivo en salud pública, considerando que la falta de tiempo continúa siendo una de las principales barreras para la adherencia al ejercicio.
Con el objetivo de evaluar el rol relativo de la intensidad frente al volumen total de actividad física en la prevención de múltiples enfermedades crónicas, este estudio analizó datos del UK Biobank, incluyendo 96.408 participantes con medición objetiva mediante acelerómetros y 375.730 con datos autorreportados. Se investigó la asociación entre el %VPA y la incidencia de ocho enfermedades crónicas —eventos cardiovasculares mayores (MACE), fibrilación auricular, diabetes tipo 2, enfermedades inflamatorias inmunomediadas, enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD), enfermedad respiratoria crónica, enfermedad renal crónica y demencia— además de la mortalidad por todas las causas, utilizando modelos de Cox ajustados por múltiples variables, incluido el volumen total de AF.
Los resultados mostraron una relación inversa no lineal entre el %VPA y todos los desenlaces evaluados (todos p < 0.001), consistente a través de distintos niveles de volumen total de actividad física.
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En los modelos multivariables ajustados, los participantes con >4% de actividad vigorosa presentaron una reducción del riesgo de entre 29% y 61% en comparación con aquellos con 0% de VPA.
El análisis conjunto evidenció patrones diferenciales según el tipo de enfermedad. En las enfermedades inflamatorias inmunomediadas se observó una fuerte dependencia de la intensidad, con una fracción atribuible poblacional de 20.3% para la intensidad frente a solo 1.0% para el volumen. En MACE (17.8% vs 6.0%), fibrilación auricular (16.2% vs 5.0%), enfermedad respiratoria crónica (21.4% vs 5.6%) y demencia (32.3% vs 8.1%), la intensidad también mostró un claro predominio, aunque con una contribución adicional del volumen. En contraste, en diabetes tipo 2 (26.6% vs 17.7%), MASLD (22.1% vs 16.6%), enfermedad renal crónica (23.0% vs 15.3%) y mortalidad por todas las causas (31.4% vs 14.2%), la contribución fue más equilibrada entre intensidad y volumen.
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¿Qué nos deja este estudio?
En conjunto, estos hallazgos demuestran que un mayor %VPA, independientemente del volumen total de actividad física, se asocia con una reducción significativa del riesgo de múltiples enfermedades crónicas y de la mortalidad. De manera consistente, la intensidad mostró un mayor potencial preventivo que el volumen total, aunque con variaciones según el desenlace clínico.
Desde una perspectiva clínica y de salud pública, estos resultados refuerzan un cambio conceptual clave: no solo importa cuánto ejercicio se realiza, sino también cuán intenso es. En este sentido, siempre que sea posible y seguro, priorizar la incorporación de actividad de mayor intensidad podría maximizar los beneficios en la prevención de enfermedades no transmisibles, incluso en escenarios de tiempo limitado.
