La insuficiencia mitral primaria (IMP) es la valvulopatía más frecuente a nivel mundial y afecta aproximadamente al 22% de los adultos mayores de 65 años. Aunque los avances en la cirugía reparadora y en las intervenciones mitrales transcatéter han mejorado significativamente el tratamiento de esta enfermedad, persisten importantes diferencias entre mujeres y hombres tanto en el acceso a determinadas terapias como en sus resultados clínicos.
Diversos estudios han sugerido que las mujeres con IMP presentan una evolución menos favorable tras la intervención, aunque los resultados publicados han sido inconsistentes. Además, las guías internacionales actuales recomiendan los mismos criterios de intervención para ambos sexos, basándose en la gravedad de la insuficiencia mitral, la presencia de síntomas y parámetros ecocardiográficos de remodelado cardíaco, sin contemplar diferencias biológicas entre mujeres y hombres.
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Este enfoque ha sido cuestionado debido a que los estudios sobre los que se sustentan estas recomendaciones incluyeron una representación femenina limitada y porque las mujeres presentan, de forma fisiológica, cavidades cardíacas de menor tamaño, lo que podría retrasar la indicación del tratamiento cuando se utilizan umbrales absolutos no indexados.
Con el objetivo de aclarar estas discrepancias, investigadores realizaron una revisión sistemática y metaanálisis que incluyó 17 estudios y un total de 25.690 pacientes sometidos a cirugía o intervenciones transcatéter por insuficiencia mitral primaria.
Las mujeres representaron únicamente el 37,5% de la población analizada (9.632 pacientes). En comparación con los hombres, llegaron al momento de la intervención con una edad significativamente mayor (3,2 años más, en promedio) y con una mayor frecuencia de síntomas de insuficiencia cardíaca (OR 1,8; IC 95%: 1,6-2,1), lo que sugiere que el tratamiento suele indicarse en etapas más avanzadas de la enfermedad.
Durante un seguimiento de hasta 15,7 años, las mujeres presentaron un 15% más de riesgo de mortalidad por cualquier causa en comparación con los hombres (HR 1,15; IC 95%: 1,07-1,24), lo que se tradujo en una pérdida promedio de supervivencia de 5,8 meses.
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Estos resultados se mantuvieron incluso cuando el análisis se limitó exclusivamente a pacientes tratados mediante cirugía (HR 1,18; IC 95%: 1,10-1,27).
Asimismo, el sexo femenino también se asoció con un incremento significativo del riesgo de eventos cardiovasculares adversos mayores (HR 1,37; IC 95%: 1,11-1,70), con una reducción adicional de 8,5 meses en el tiempo medio de supervivencia libre de eventos.
Uno de los aspectos más relevantes del estudio fue identificar qué factores explican estas diferencias pronósticas. Mediante un análisis de metarregresión, los autores observaron que la mayor edad al momento de la intervención, una mayor prevalencia de insuficiencia tricuspídea moderada o grave y la necesidad de reparación concomitante de la válvula tricúspide fueron los principales determinantes del exceso de mortalidad observado en las mujeres. En cambio, las diferencias en el tamaño o la función del ventrículo izquierdo y de la aurícula izquierda no modificaron significativamente el pronóstico según el sexo.
Estos hallazgos sugieren que las mujeres no presentan peores resultados por diferencias intrínsecas en la respuesta al tratamiento, sino porque llegan a la intervención en una etapa más avanzada de la enfermedad, con mayor compromiso del corazón derecho y mayor carga clínica.
¿Qué nos deja este estudio?
En conclusión, este metaanálisis pone de manifiesto que las mujeres con insuficiencia mitral primaria son intervenidas a una edad más avanzada, con mayor carga sintomática y con una enfermedad más evolucionada, lo que se traduce en peores resultados a largo plazo respecto de los hombres.
Los autores plantean que las recomendaciones actuales podrían no ser igualmente adecuadas para hombres y mujeres y destacan la necesidad de reevaluar los criterios de intervención, incorporando un enfoque que contemple las diferencias anatómicas y fisiológicas entre mujeres y hombres. Una estrategia de indicación más precoz y con umbrales específicos por sexo podría contribuir a reducir estas desigualdades y mejorar los resultados clínicos.
