El infarto de miocardio sin lesiones coronarias obstructivas (MINOCA) representa un subtipo frecuente de infarto agudo en la práctica clínica cotidiana que confiere un pronóstico sustancialmente más sombrío en comparación con individuos sanos. Diversas investigaciones han demostrado que el riesgo de desenlaces adversos en pacientes con MINOCA es comparable e incluso superior al observado en aquellos con enfermedad coronaria obstructiva. Sin embargo, debido a que el diagnóstico clínico inicial de MINOCA engloba un espectro heterogéneo de etiologías tanto isquémicas como no isquémicas, aún se carece de estrategias terapéuticas y de abordaje óptimas y estandarizadas. En este contexto, identificar el mecanismo etiológico subyacente resulta prioritario; la resonancia magnética cardíaca (RMC) se ha consolidado como la modalidad diagnóstica de referencia para caracterizar la lesión miocárdica específica y diferenciar con exactitud las causas isquémicas de las no isquémicas, motivo por el cual las guías de la Sociedad Europea de Cardiología (ESC) le otorgan una indicación de clase I (nivel de evidencia B) en todo paciente con sospecha de MINOCA sin causa evidente. Pese a ello, la evidencia sobre estratificación del riesgo y pronóstico a largo plazo en cohortes con MINOCA confirmado de manera estricta por RMC continúa siendo sumamente escasa.
Por otra parte, el tejido adiposo epicárdico (EAT), anatómicamente dispuesto entre el miocardio y la hoja visceral del pericardio, constituye un depósito graso metabólicamente singular con implicancias duales en la fisiopatología cardiovascular. En condiciones fisiológicas puede ejercer un rol cardioprotector mediante propiedades termogénicas semejantes a las del tejido adiposo pardo; no obstante, bajo estímulos patológicos promueve el daño tisular local al secretar citoquinas proinflamatorias y factores profibróticos. Aunque el EAT se ha vinculado con múltiples cardiopatías y se ha posicionado como un predictor independiente de eventos adversos futuros —a pesar de que algunos reportes sugieren un paradójico efecto protector en escenarios clínicos puntuales—, su vínculo con la evolución a largo plazo en pacientes con MINOCA permanece inexplorado. Aprovechando que la RMC combina una elevada resolución espacial con una excelente visualización del espacio pericárdico para cuantificar el volumen del EAT con alta precisión y reproducibilidad, el presente estudio evaluó el valor pronóstico del EAT en eventos a largo plazo y analizó su utilidad incremental frente a las variables clínicas y de imagen convencionales.
Se diseñó un estudio de cohorte retrospectivo y unicéntrico que incluyó a 117 pacientes con diagnóstico de trabajo de MINOCA que presentaron un patrón inequívoco de daño isquémico en la RMC, tras excluir exhaustivamente hallazgos normales o patologías no isquémicas. A partir de las imágenes de RMC, se cuantificó el volumen total de EAT y se indexó por la superficie corporal para obtener el índice de volumen de tejido adiposo epicárdico (EATVi, expresado en mL/m²).
El criterio de valoración principal consistió en la aparición de eventos cardiovasculares adversos mayores (MACE) durante el seguimiento a largo plazo.
Durante una mediana de seguimiento de 48 meses (rango intercuartílico: 39 a 63 meses), se registraron eventos cardiovasculares mayores en 28 de los 117 pacientes analizados, lo que representó una incidencia del 23,9% (IC 95%: 17,1% a 32,4%).
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En el análisis multivariable de Cox penalizado por Firth, cada incremento de 10 mL/m² en el EATVi se asoció de forma estadísticamente significativa con un incremento del 35% en el riesgo de MACE (HR 1,35; IC 95%: 1,01 a 1,76; P = 0,040), de manera independiente de la edad, la función ventricular evaluada por GLS, la extensión de la necrosis miocárdica y los niveles de NT-proBNP.
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La incorporación del EATVi al modelo basal mejoró la capacidad predictiva global, elevando el índice C de Harrell de 0,728 (IC 95%: 0,637 a 0,812) a 0,751 (IC 95%: 0,653 a 0,839). Asimismo, la estratificación mediante curvas de Kaplan-Meier demostró una tasa significativamente inferior de supervivencia libre de MACE en aquellos individuos con un EATVi superior al punto de corte de 43,21 mL/m² (P ajustada por selección = 0,002).
¿Qué nos deja este estudio?
En pacientes con diagnóstico de MINOCA confirmado por RMC mediante patrón isquémico, un mayor índice de volumen de tejido adiposo epicárdico se asocia de manera independiente con un peor pronóstico cardiovascular a largo plazo. Si bien estos resultados destacan el valor pronóstico del EATVi, su papel como biomarcador clínico y la posible influencia de factores metabólicos residuales requieren confirmación en cohortes prospectivas y multicéntricas de mayor escala.
