En las últimas décadas, los avances en el diagnóstico precoz y en las estrategias terapéuticas han transformado el pronóstico de las neoplasias hematológicas, con incrementos sustanciales en la sobrevida. Este progreso, sin embargo, ha desplazado parte del foco clínico hacia las complicaciones a mediano y largo plazo, entre las cuales la enfermedad cardiovascular (ECV) ocupa un lugar central. Estas complicaciones no solo condicionan la calidad de vida de los pacientes, sino que también pueden limitar la tolerancia a los tratamientos oncológicos y contribuir de manera significativa a la morbimortalidad.
El aumento del riesgo cardiovascular en este contexto responde a una interacción compleja entre factores propios del paciente, mecanismos biológicos compartidos entre cáncer y ECV —como la inflamación crónica— y la exposición a terapias potencialmente cardiotóxicas, incluyendo quimioterapia y radioterapia. En este escenario, la cardio-oncología ha emergido como un campo clave, orientado a optimizar el manejo cardiovascular de estos pacientes y a desarrollar estrategias de prevención adaptadas al riesgo individual.
A pesar de la evidencia previa que demuestra un incremento del riesgo cardiovascular en pacientes oncológicos, muchos estudios han estado limitados por tamaños muestrales reducidos o por la necesidad de agrupar entidades heterogéneas, particularmente dentro de las neoplasias hematológicas. Dado que estas enfermedades difieren marcadamente en su biología, tratamiento y pronóstico, resulta fundamental disponer de estimaciones más precisas y específicas por subtipo.
Con este objetivo, el presente estudio evaluó la incidencia de eventos cardiovasculares en el corto y largo plazo en pacientes con neoplasias hematológicas, utilizando una cohorte poblacional de gran escala con datos vinculados a registros nacionales.
Se incluyeron pacientes adultos (≥18 años) diagnosticados entre 1995 y 2023 con una de las 12 neoplasias hematológicas más frecuentes, registrados en el Netherlands Cancer Registry. Cada paciente fue apareado con controles de la población general. La cohorte final incluyó 174.984 pacientes con neoplasias hematológicas y 855.085 controles. Los datos se vincularon con registros nacionales de hospitalización y mortalidad para identificar 11 desenlaces cardiovasculares. Para el análisis se utilizaron modelos de regresión de Poisson y modelos de riesgos competitivos de Fine and Gray, permitiendo estimar tanto el riesgo absoluto como relativo.
Los resultados muestran de manera consistente que el riesgo de ECV está significativamente aumentado en pacientes con neoplasias hematológicas, tanto en el corto como en el largo plazo, con una marcada variabilidad según el subtipo de enfermedad.
La insuficiencia cardíaca presentó una incidencia elevada en todos los subtipos analizados. Las tasas de exceso más altas por 1.000 personas-año se observaron en el síndrome mielodisplásico, con 37,75 (IC 95%: 35,60–39,90), y en el mieloma múltiple, con 24,68 (IC 95%: 23,46–25,90). Este hallazgo resalta el impacto significativo de la disfunción ventricular en esta población, probablemente vinculado tanto a la enfermedad de base como a la exposición a terapias cardiotóxicas.
El riesgo de tromboembolismo venoso mostró un patrón particularmente relevante desde el punto de vista temporal. Se observó un pico marcado durante el primer año posterior al diagnóstico, seguido de un riesgo persistentemente elevado hasta al menos cinco años en todos los subtipos de neoplasias hematológicas. En el primer año, los hazard ratios para trombosis venosa profunda oscilaron entre 3,52 (IC 95%: 2,58–4,80) en leucemia linfocítica crónica y 34,04 (IC 95%: 19,83–58,44) en linfoma de Hodgkin, lo que evidencia una heterogeneidad sustancial en el riesgo trombótico según la enfermedad específica.
Estos datos confirman que los pacientes con neoplasias hematológicas no solo presentan un mayor riesgo cardiovascular en comparación con la población general, sino que este riesgo es dinámico, con una carga particularmente elevada en las fases iniciales tras el diagnóstico, pero que persiste en el tiempo.
Desde una perspectiva clínica, los hallazgos tienen implicancias directas. En primer lugar, subrayan la necesidad de una evaluación cardiovascular sistemática desde el momento del diagnóstico oncológico, especialmente en aquellos subtipos con mayor riesgo. En segundo lugar, refuerzan la importancia de estrategias de seguimiento a largo plazo, dado que el riesgo no se limita a la fase activa del tratamiento. Finalmente, destacan la necesidad de avanzar hacia modelos de estratificación de riesgo más precisos, que integren variables relacionadas con el paciente, la enfermedad y el tratamiento.
¿Qué nos deja este estudio?
Este estudio poblacional de gran escala demuestra que los pacientes y sobrevivientes de neoplasias hematológicas enfrentan un riesgo significativamente aumentado de enfermedad cardiovascular, tanto en el corto como en el largo plazo, con variaciones relevantes entre subtipos.
La identificación de los determinantes específicos de este riesgo constituye un paso fundamental para el desarrollo de estrategias preventivas y terapéuticas dirigidas, en línea con los objetivos de la cardio-oncología moderna.
