El uso de cigarrillos electrónicos, comúnmente denominado vapeo, ha experimentado una notable expansión durante la última década, impactando de manera preponderante a ex fumadores y a una creciente población de adolescentes y adultos jóvenes que nunca habían fumado cigarrillos convencionales. En los Estados Unidos, la mayor prevalencia de uso se concentra en el grupo de 18 a 25 años, que alberga a unos 4,7 millones de usuarios activos (14,1%), seguido por la cohorte de 12 a 17 años con una tasa del 5,9%. A pesar de que estos dispositivos se promocionaron originalmente como una alternativa de menor riesgo para adultos fumadores, el conocimiento sobre sus consecuencias para la salud a largo plazo sigue siendo limitado.
En este contexto, instituciones como las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina y la American Heart Association han enfatizado la necesidad urgente de investigar sus repercusiones cardiovasculares.
Modelos preclínicos en ratones expuestos a aerosoles de cigarrillos electrónicos han demostrado rigidez arterial, reducción de la relajación vascular estimulada, hiperreactividad vasoconstrictora y aumento de los marcadores inflamatorios. En humanos, revisiones sistemáticas confirman elevaciones agudas de la presión arterial sistólica y diastólica tras el vapeo, pero la evidencia sobre el impacto sostenido a largo plazo es escasa e inconclusa. Dado que los eventos clínicos mayores pueden demorar décadas en manifestarse, el estudio VapeScan evaluó la asociación del vapeo crónico con marcadores subclínicos tempranos de riesgo cardiovascular en adultos jóvenes.
El estudio analizó una cohorte transversal de 372 participantes de entre 18 y 49 años, todos libres de enfermedad cardiovascular clínica conocida. Los sujetos fueron categorizados en cuatro grupos de exposición: vapeadores exclusivos sin antecedentes de tabaquismo convencional (vaping/never smoking), vapeadores con antecedentes de tabaquismo previo (vaping/former smoking), usuarios duales que combinaban vapeo con consumo actual de cigarrillos convencionales (dual use), y un grupo control de individuos que nunca habían vapeado ni fumado (never vaping/never smoking).
Como variables de desenlace cardiovascular se midieron la presión arterial sistólica (PAS) y diastólica (PAD), la función endotelial mediante el índice de hiperemia reactiva de Framingham (fRHI), y la calcificación de las arterias coronarias (CAC) evaluada a través de un puntaje de CAC ponderado espacialmente.
La mediana de edad de la cohorte fue de 26 años (rango intercuartílico Q1-Q3 de 21 a 33 años), con una distribución por sexo del 50,5% de varones. La duración mediana del hábito de vapeo reportada fue de 4 años (Q1-Q3 de 2 a 6 años).
Tras el ajuste multivariable por edad, sexo, nivel educativo e índice de masa corporal, se hallaron diferencias estadísticamente significativas en las cifras tensionales según el patrón de uso.
Al comparar a los participantes que vapeaban pero nunca habían fumado con el grupo control que nunca vapeó ni fumó, la diferencia de medias por mínimos cuadrados para PAS y PAD fue de 4,79 mm Hg (IC 95%: 1,83 a 7,75) y de 2,88 mm Hg (IC 95%: 0,54 a 5,21), respectivamente. Para el grupo de vapeadores ex fumadores en relación con el grupo control, la diferencia de medias fue de 1,60 mm Hg (IC 95%: −1,65 a 4,85) para la PAS y de 1,44 mm Hg (IC 95%: −1,12 a 4,00) para la PAD. En el grupo de usuarios duales, las diferencias observadas respecto a los no usuarios fueron de 1,10 mm Hg (IC 95%: −1,86 a 4,06) para la PAS y de 1,48 mm Hg (IC 95%: −0,86 a 3,82) para la PAD.
Se detectó un patrón de respuesta dependiente de la dosis según la intensidad del vapeo. Los participantes que reportaron un consumo mayor a 100 caladas diarias de cigarrillo electrónico presentaron, en comparación con quienes realizaron menos de 36 caladas al día, diferencias de medias de PAS de 4,84 mm Hg (IC 95%: 0,94 a 8,74) y de PAD de 3,57 mm Hg (IC 95%: 0,74 a 6,41).
En contraposición, no se detectó una asociación estadísticamente significativa entre las distintas categorías de vapeo y el índice de hiperemia reactiva de Framingham. Por último, en la cuantificación del puntaje de CAC espacialmente ponderado, se observó una asociación inversa en las tres categorías de vapeo en comparación con el grupo que nunca vapeó ni fumó.
¿Qué nos deja este estudio?
El uso continuado de cigarrillos electrónicos en adultos jóvenes se asocia de forma independiente con cifras más elevadas de presión arterial, evidenciando una relación dosis-respuesta directa según la frecuencia diaria de inhalaciones. El vapeo exclusivo y el uso dual no ofrecen ninguna ventaja hemodinámica ni reducción del riesgo de hipertensión frente a la abstinencia total de vapeo y tabaco convencional.
Implicancias clínicas
Estos hallazgos cuestionan la percepción extendida de que los cigarrillos electrónicos constituyen una alternativa inocua o libre de daño vascular, particularmente en personas jóvenes sin antecedentes tabáquicos. El incremento sostenido de casi 5 mm Hg en la presión arterial sistólica atribuible al vapeo exclusivo representa un desplazamiento hemodinámico relevante: a nivel poblacional, incrementos tensionales de esta magnitud se traducen en un aumento acumulativo del riesgo relativo de hipertrofia ventricular izquierda, remodelado vascular y eventos ateroscleróticos a mediano y largo plazo.
En la práctica ambulatoria, resulta imperativo que los profesionales de la salud indaguen de manera activa y rutinaria sobre el uso de dispositivos de vapeo durante la anamnesis cardiovascular, registrando parámetros de intensidad como el número diario de inhalaciones. Los médicos no deben recomendar el vapeo como una estrategia libre de peligro ni interpretar las cifras tensionales de pacientes jóvenes vapers sin considerar su exposición al aerosol. La prevención primaria y el asesoramiento para la cesación completa deben incluir explícitamente a los cigarrillos electrónicos como factores inductores de riesgo presor y potencial daño cardiovascular temprano.
