Los comportamientos relacionados con el estilo de vida constituyen un pilar fundamental en la prevención cardiovascular. Entre ellos, el sueño, la actividad física y la alimentación —conceptualizados de forma integrada como SPAN (Sleep, Physical Activity, and Nutrition)— han demostrado influir de manera significativa en el riesgo de enfermedad cardiovascular. Sin embargo, la mayoría de los estudios han evaluado estos factores de manera aislada o en pares, sin considerar su interacción en la vida cotidiana, donde estos comportamientos se modulan mutuamente.
En este contexto, el presente estudio analiza de forma conjunta las variaciones en sueño, actividad física y calidad de la dieta, y su asociación con el riesgo de eventos cardiovasculares adversos mayores (MACE), incluyendo infarto de miocardio (IAM), insuficiencia cardíaca (IC) y accidente cerebrovascular (ACV). Asimismo, explora tanto combinaciones óptimas como cambios mínimos clínicamente relevantes en estos comportamientos.
Se realizó un análisis de cohorte prospectivo que incluyó 53.242 participantes del UK Biobank (edad mediana: 63 años; 56,8% hombres), con un seguimiento mediano de 8 años.
El sueño (horas/día) y la actividad física moderada a vigorosa (MVPA; minutos/día) se midieron mediante dispositivos portátiles y se analizaron utilizando algoritmos basados en machine learning. La calidad de la dieta se evaluó mediante un cuestionario de frecuencia alimentaria, a partir del cual se construyó un puntaje de calidad dietaria (Diet Quality Score, DQS) de 10 ítems.
Se analizaron 27 combinaciones de terciles de los tres componentes SPAN. Además, se construyó un puntaje compuesto SPAN (0–100) para evaluar asociaciones dosis-respuesta con MACE.
Durante el período de seguimiento se registraron 2034 eventos cardiovasculares mayores. De estos, 932 correspondieron a infarto de miocardio, 584 a accidente cerebrovascular y 518 a insuficiencia cardíaca.
En el análisis de combinaciones, la asociación más favorable se observó en el grupo con un perfil caracterizado por 8,0 a 9,4 horas diarias de sueño, 42 a 104 minutos diarios de actividad física moderada a vigorosa y un puntaje de calidad dietaria entre 32,5 y 50,0.
En comparación con los participantes ubicados en el tercil más bajo para los tres comportamientos, esta combinación se asoció con una reducción del 57% en el riesgo de MACE (HR 0,43; IC 95%: 0,30–0,62).
El análisis basado en el puntaje compuesto mostró que un valor mediano de SPAN de 52,8 se asoció con una reducción del 41% en el riesgo de eventos cardiovasculares mayores (HR 0,59; IC 95%: 0,49–0,70). Al analizar los subtipos de eventos, este nivel intermedio del puntaje se asoció con una reducción del riesgo de insuficiencia cardíaca (HR 0,53; IC 95%: 0,38–0,75), de infarto de miocardio (HR 0,65; IC 95%: 0,50–0,84) y de accidente cerebrovascular (HR 0,52; IC 95%: 0,38–0,71).
Un hallazgo particularmente relevante fue la identificación de un umbral mínimo de cambio clínicamente significativo. Una variación combinada que incluyó un aumento de 11 minutos diarios de sueño, 4,5 minutos adicionales de actividad física moderada a vigorosa y un incremento de 3 puntos en el puntaje de calidad dietaria se asoció con una reducción del 10% en el riesgo de MACE (HR 0,90; IC 95%: 0,88–0,94). Estos cambios son equivalentes, en términos prácticos, a pequeñas modificaciones en la rutina diaria, como aumentar ligeramente el tiempo de descanso, incorporar breves períodos adicionales de actividad física y mejorar discretamente la calidad de la dieta, por ejemplo mediante un mayor consumo de vegetales.
En cuanto a la interacción entre los componentes, no se observaron efectos sinérgicos significativos. Los valores de RERI (0,003; IC 95%: −0,03 a 0,04), proporción atribuible (0,4%; IC 95%: −6% a 7%) e índice de sinergia (1,03; IC 95%: −3,32 a 5,29) sugieren que los efectos de los distintos comportamientos son fundamentalmente aditivos.
¿Qué nos deja este estudio?
Los resultados de este estudio demuestran que incluso pequeñas mejoras combinadas en el sueño, la actividad física y la calidad de la dieta se asocian con reducciones significativas en el riesgo de eventos cardiovasculares mayores. La identificación de una combinación óptima de comportamientos asociada a una reducción del 57% del riesgo refuerza el impacto potencial de un estilo de vida saludable integral.
De manera especialmente relevante, el hallazgo de que cambios modestos y alcanzables pueden reducir el riesgo en un 10% aporta un mensaje clínico de gran valor: intervenciones pequeñas pero sostenidas podrían ser más factibles y efectivas a nivel poblacional que modificaciones drásticas en un único componente del estilo de vida.
Si bien la naturaleza observacional del estudio impide establecer una relación causal definitiva, estos resultados respaldan un enfoque integrado del manejo del riesgo cardiovascular y subrayan la necesidad de futuros estudios de intervención que confirmen estos hallazgos.
