La enfermedad cardiovascular continúa siendo la principal causa de muerte en todo el mundo, lo que convierte a las modificaciones del estilo de vida en un componente esencial de las estrategias de prevención. Si bien el ejercicio aeróbico cuenta con una sólida evidencia y es ampliamente recomendado para reducir el riesgo cardiovascular, el papel del entrenamiento de fuerza ha recibido menor atención, a pesar de sus beneficios demostrados sobre la fuerza muscular, la sensibilidad a la insulina y el metabolismo.
Las guías estadounidenses de actividad física recomiendan realizar entrenamiento de fuerza al menos dos veces por semana, además de 150 minutos semanales de actividad aeróbica de intensidad moderada a vigorosa. Sin embargo, la evidencia sobre su asociación independiente con el riesgo cardiovascular, especialmente en mujeres de mediana edad y mayores, sigue siendo limitada. Paralelamente, el comportamiento sedentario, en particular el tiempo dedicado a ver televisión, ha emergido como un factor de riesgo cardiovascular independiente.
Hasta el momento, solo tres grandes estudios prospectivos habían evaluado la relación entre entrenamiento de fuerza y enfermedad cardiovascular, dejando importantes interrogantes acerca de la dosis óptima, su impacto sobre diferentes eventos cardiovasculares, el efecto de combinarlo con actividad aeróbica y menor sedentarismo, así como la importancia de mantener esta práctica en el tiempo.
Con el objetivo de responder estas preguntas, investigadores analizaron dos grandes cohortes de mujeres estadounidenses, utilizando mediciones repetidas de actividad física durante un prolongado seguimiento para evaluar la asociación entre entrenamiento de fuerza y riesgo de eventos cardiovasculares mayores.
Se realizó un estudio prospectivo que incluyó 117.025 mujeres provenientes de dos cohortes: Nurses’ Health Study(45.669 participantes; período 2002-2020) y Nurses’ Health Study II (71.356 participantes; período 2003-2017).
La actividad física fue evaluada en hasta cinco oportunidades durante el seguimiento. El entrenamiento de fuerza fue registrado cada cuatro años y se calcularon promedios acumulativos variables en el tiempo para reflejar la exposición a largo plazo.
El desenlace primario fue la aparición de un evento cardiovascular mayor, definido como infarto de miocardio fatal o no fatal, accidente cerebrovascular, cirugía de revascularización miocárdica o intervención coronaria percutánea.
Además, se analizaron conjuntamente el entrenamiento de fuerza, la actividad aeróbica, el tiempo dedicado a ver televisión, la consistencia en la práctica del entrenamiento y el trabajo de diferentes grupos musculares.
Durante un seguimiento medio de 14,5 años, equivalente a 1.630.964 personas-año, se registraron 5.459 eventos cardiovasculares mayores.
En comparación con las mujeres que no realizaban entrenamiento de fuerza, aquellas que practicaban 2 horas o más por semana presentaron una reducción del 20% en el riesgo de enfermedad cardiovascular mayor (HR 0,80; IC 95%: 0,69-0,92; P para tendencia = 0,007).
Asimismo, cada hora adicional de entrenamiento de fuerza por semana se asoció con una reducción relativa del 5% del riesgo cardiovascular (HR por cada 1 hora/semana: 0,95; IC 95%: 0,92-0,99), evidenciando una relación dosis-respuesta favorable.
El beneficio fue particularmente marcado para el infarto de miocardio. Las mujeres que realizaban al menos 2 horas semanales de entrenamiento de fuerza presentaron una reducción del 44% en el riesgo de infarto en comparación con quienes no lo practicaban (HR 0,56; IC 95%: 0,41-0,76).
En cambio, no se observó una asociación significativa con el riesgo de accidente cerebrovascular (HR 0,99; IC 95%: 0,80-1,23).
El análisis de patrones integrados de movimiento mostró que las mujeres que cumplían simultáneamente con las recomendaciones de actividad aeróbica (≥15 horas MET por semana), entrenamiento de fuerza (≥1 hora por semana) y bajo tiempo de televisión (<2 horas por día) presentaron un riesgo significativamente menor de enfermedad cardiovascular mayor (HR 0,60; IC 95%: 0,53-0,69).
Por su parte, aquellas que cumplían las recomendaciones de actividad aeróbica y bajo sedentarismo, pero no realizaban entrenamiento de fuerza, también mostraron un menor riesgo, aunque de menor magnitud (HR 0,73; IC 95%: 0,67-0,80), lo que sugiere un beneficio adicional asociado a la incorporación del entrenamiento de resistencia.
Finalmente, una mayor consistencia en la práctica del entrenamiento de fuerza, definida como mantener esta actividad durante al menos el 75% del período de seguimiento, así como el entrenamiento combinado de miembros superiores e inferiores, se asociaron con reducciones aún más pronunciadas del riesgo cardiovascular.
¿Qué nos deja este estudio?
En este amplio estudio prospectivo que incluyó más de 117.000 mujeres estadounidenses, el entrenamiento de fuerza realizado de manera regular se asoció con una reducción significativa del riesgo de eventos cardiovasculares mayores, particularmente del infarto de miocardio. Además, el beneficio fue mayor cuando esta práctica se integró con niveles adecuados de actividad aeróbica y con un menor tiempo de sedentarismo frente al televisor.
Los resultados refuerzan la importancia de considerar el entrenamiento de fuerza como un componente fundamental de las estrategias de prevención cardiovascular en mujeres, no solo por sus efectos sobre la salud muscular y metabólica, sino también por su asociación con una reducción sustancial del riesgo de enfermedad cardiovascular a largo plazo.
